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Información.

Año: 640
Mes:
Augusto
Época:
Primavera.

~General~
Paz General. La última crisis, causada por Servant el Demonio, fué resuelta gracias al valor de esos ebrios en los que nadie creyó cuando partieron de Amakna.

~Astrub~
El acceso vuelve a estar disponible para la ciudad, y a toda persona que entre se le regala una buena cerveza, cortesía del buen Tek.
Estado actual: Reconstrucción calmada de los daños recibidos en la ciudad. Los habitantes canturrean alegremente y se ponen al día con los sucesos.

~Amakna~
Paz general.
Estado Actual: Los tiempos de cosecha se acercan por los pastizales, y a buena hora, pues las personas ansían comer un tazón de avena sin temer que un Demonio lunático les robe el Alma.

~Bonta~
Paz general. Las obras han acabado y Bonta vuelve a estar totalmente operativa.
Estado Actual: Los ciudadanos ya caminan calmadamente sus calles, y el comercio se reanuda con gran fuerza. La temporada de Jalabol comienza y los equipos se preparan para los torneos.

~Brakmar~
Reparaciones, todo habitante con brazos y piernas ilesas debe colaborar con la reconstrucción de Brakmar. Quién se niegue recibe un latigazo y un envío a los calabozos, que han quedado intactos.
Estado Actual: Las personas regresan a la ciudad tras haber sido evacuadas. Muchos admiran la hermosa decoración que el Demonio dejó en el centro. Se oye gritar al líder de las tropas Brakmarianos todos los días, sin alegría alguna.

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    [Solitario] Retorno discreto 2

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    Dirien
    Sacrógrito - Rango 5 - Caballero de Amakna
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    [Solitario] Retorno discreto 2

    Mensaje por Dirien el Jue 20 Jun 2013, 2:16 pm

    -Y entonces le dije… ¡Despelléjalo antes de colgarlo, por Rushu! ¡Pero hazlo fuera, que lo dejas todo hecho mierda!

    Un estallido de carcajadas groseras, mezclado con golpes en la mesa y alguna que otra flatulencia incontenible.

    Gray alzó la vista del libro que estaba leyendo, mirando a su alrededor.  Era un antro de mala muerte, construido de aquella manera con materiales de dudosa calidad, varias mesas algo cojas y una chimenea que llenaba parte del suelo de la habitación de hollín, de bien hecha que estaba.

    Estaba bastante llena, teniendo en cuenta que estaba en medio de la nada junto al camino sombrío, aunque los que la llenaban con sus comentarios groseros y sus carcajadas eran soldados de Brakmar que regresaban a su ciudad de haber estado combatiendo y― por su alegría y el peso de las bolsas― ganando contra los bontarianos.

    Gray estudió los rostros de los brakmarianos, que no deberían ser más de treinta. Estaban bastante ebrios, puesto que ya había pasado la medianoche, y cada vez eran más ruidosos.

    Repasó con la mirada los rostros de los borrachos, y luego se detuvo en la mirada del tabernero y en su hija. Era una niña pequeña, de no más de doce años, y ayudaba a limpiar los platos a su padre, un hombre ya entrado en años que miraba con gesto algo angustiado a los ruidosos clientes.

    Gray bajó la vista hasta su libro y se inclinó hacia atrás, meciendo la silla. Se ajustó las gafas con un leve movimiento y frunció el ceño, tratando de recordarse que donde se encontraba aquel comportamiento era lo más normal.

    Pasaron veinte minutos, y las cosas empezaron a ponerse tensas. Varios de ellos proferían insultos y se echaban en cara viejas rencillas, y más de uno se arrojó un plato tratando de acertarse, pero parecía que los menos ebrios controlaban mínimamente la situación y no iría a más. Aun así, Gray lamentaba haber dejado su espada en el piso de arriba, descansando con su compañera.

    Era tarde, pero la lectura estaba demasiado interesante y se negaba a pagar unas velas para la habitación de arriba habiendo luz en el piso de abajo. Aquel era el único motivo que impedía que se levantase indignado y abandonase la ruidosa sala. Entonces fue cuando escuchó el enésimo estallido de platos rotos y alzó la vista, buscando con ojos silenciosamente furiosos al culpable.

    -¡¿…te crees que eres, eh!? –gritó un hombre más enfadado que ebrio.

    Gray se ajustó las gafas, incapaz de creer lo que veía. En el suelo se encontraba la chiquilla del tabernero, que al parecer había tropezado con el fardo de uno de los soldados y se le había caído el plato al suelo, haciendo que los restos de comida cayesen encima de uno de los violentos soldados de fétido aliento.

    -Perdone, señor, Roselin no pretendía…-trató de excusarse el tabernero, saliendo de detrás de la barra a toda prisa para socorrer a su hija.

    -¿Habéis oído eso, chicos? ¡La chica se llama Roselin! –todos rieron- ¡¿Qué te crees que es esto, Bonta?!


    Más carcajadas y golpes en la mesa, como si aquello fuese verdaderamente entretenido. El soldado se inclinó y agarró a la chica por el brazo, levantándola y retorciéndoselo en el proceso.

    -Fíjate…Tú tienes más cara de Bertha. ¡Bertha la pequeña puta! –rió, y todos lo corearon con carcajadas guturales y golpes en la mesa. Más platos rotos.

    -¡¡Enséñale cómo debería comportarse una Bertha, Jean! –se escuchó gritar a alguien por encima de los vítores.

    -Oh…Tienes razón. –la acercó hasta tener su cara muy próxima a la suya, hasta el punto que la chica hizo un gesto de asco por el aliento a alcohol y rata muerta del tal Jean- Eres un poco joven, pero cuanto antes empieces más práctica tendrás.

    El brakmariano sonrió, y en ese momento hubo un gran alboroto. El tabernero había corrido hasta detrás de la barra para sacar una ballesta, pero los soldados se le habían adelantado y habían ya cuatro espadas desenvainadas.

    -Oh, no, nada de eso, Paul. Tú te quedarás aquí y nos servirás unas rondas mientras Jean enseña algo de provecho a Bertha. –dijo uno de los soldados, colocando la punta de la espada en el pecho del tabernero, que estaba tan tenso que se le marcaban las venas del cuello y la sien.- Es más, creo que le está haciendo un favor, así que no es necesario que pague. Ni él ni los siguientes cinco, al menos.


    Más vítores y groserías, golpes en la mesa. Sin embargo los ojos de Gray estaban fijados en el tabernero, que tenía los puños tan apretados que tenía los nudillos blancos y le sangraban. Hizo ademán de dar un paso adelante, pero la espada no cedió y le rasgó la ropa.

    -¿Qué pasa, Paul? ¿No quieres que le hagamos ese favor a tu hija? –la sonrisa retorcida del que parecía su capitán parecía salida de un retrato del mismísimo Rushu.

    De pronto, se escuchó el sonido de un libro cerrándose con fuerza.
    -Ya es suficiente. –fue una voz autoritaria, pausada, cargada de una gélida amenaza.- Dejad a la niña y al tabernero y volved a sentaros.


    Las carcajadas fueron tan fuertes y tan estridentes que por un momento el tabernero temió que el edificio fuese a colapsar. Sin embargo no duraron mucho, puesto que duraron lo que tarda un arma arrojadiza en cortar el aire y clavarse en la garganta de un hombre que ríe a carcajada limpia, tan veloz e inesperada como un rayo en un día despejado.

    Apenas hubo tiempo de reacción. Los taburetes y las sillas cayeron al suelo y se tumbaron mesas. La cerveza y la comida se derramaron por el suelo como la lluvia sobre un campo baldío, y más de una docena de espadas y puñales fueron desenvainados.

    Lo que sucedió a continuación se podría describir como una tormenta de verano. Fue asombrosamente intensa, veloz y devastadora, pero duró apenas unos minutos.
    Gray se movió como un relámpago blanco. Extrajo su arma del cuello del todavía sorprendido guardia y se movió unos pocos centímetros, lo justo para que el filo de la espada del hombre que amenazaba al tabernero no lo tocara y quedara a un centímetro de su nariz Su mano libre se movió como un resorte, golpeando la nariz del contrario con el puño cerrado y rompiéndole la nariz, haciéndolo caer al suelo.
    Se agachó a tiempo para esquivar una silla que había salido volando, y estando agachado, saltó hacia uno de los extremos de la sala, derribando a dos de los brakmarianos y golpeándolos contra el suelo y dejándolos fuera de combate.

    Antes de que pudiese levantarse lo agarraron por detrás, inmovilizándole los brazos y levantándolo. Otro soldado corrió hacia él buscando clavarle la espada en el pecho descubierto, así que se movió rápido. Flexionó las piernas, envolviendo las piernas de quien lo atenazaba, y las golpeó en la parte posterior de la rodilla, haciendo que con un quejido el hombretón que lo sujetaba empezase a caer; lo suficiente para encajar la estocada por Gray, recibiéndola en la aorta.

    Gray no esperó ni un instante, y antes de que la sangre brotara de aquel hombre como una fuente, saltó hacia delante, embistiendo al hombre que acababa de matar a su compañero, noqueándolo y partiendo una mesa.
    Se retorció entre las astillas de la mesa y abrió los ojos a tiempo para ver a dos hombres cerniendo sus espadas sobre él, planeando acabarlo allí mismo. Tanteó con la mano el arma que había usado, pero aun así iba a ser demasiado tarde. Sin embargo, para su sorpresa, el ataque enemigo nunca se realizó.

    Los hombres se desplomaron, y Gray se levantó con un quejido, contemplando con sorpresa que uno de ellos tenía una flecha en la nuca y el segundo tenía trozos astillados de taburete por toda la espalda. Antes de poder comprenderlo, vio cómo el tabernero noqueaba a dos hombres más, a uno golpeándolo de lleno en la cara con la ballesta y a otro con un puñetazo en la nuez del cuello, mientras la niña usaba los restos de un taburete para atacar en la entrepierna a los soldados desprevenidos o demasiado borrachos como para saber a quién atacar o qué estaba pasando.

    Sonrió y se puso en pie de un salto, arremetiendo contra dos soldados que habían apresado a la niña en un descuido. Gray aprovechó que uno de ellos gritó por un mordisco de la pequeña para insertar su arma en la boca del soldado, derribándolo, mientras placaba al segundo, que caía sobre otros dos aturdidos por los golpes bajos de la pequeña.

    Gray se detuvo unos instantes, buscando a más adversarios, y el grito de auxilio de la pequeña le reveló qué debía hacer. A dos metros de él se encontraba el tabernero, arrinconado por dos soldados brakmarianos tambaleantes, uno armado con una daga y el otro apuntando al cuello del buen hombre con una espada.
    Hubo un destello carmesí que inundó la posada durante unos segundos, y lo único que pudieron ver los guardias fue que a quien estaban amenazando ahora era al misterioso hombre de gris.

    Aprovechando los segundos de confusión, Gray golpeó la muñeca del hombre que sujetaba la daga, haciéndola caer. Alzó la otra mano empuñando su arma improvisada logrando golpear el filo de la espada lo suficiente como para desviarlo de su cara, haciendo que el afilado acero se clavara en la madera de la pared a menos de un milímetro de su oreja. Como un relámpago, Gray dio un paso adelante, golpeando brutalmente la nariz del soldado con la frente, derribándolo, para a continuación recibir un poderoso puñetazo en el estómago que lo dejó sin aliento.

    El hombre que empuñaba la daga acababa de cogerlo con la guardia baja, golpeándolo con todas sus fuerzas y levantándolo ligeramente del suelo. Hubo un amago de segundo puñetazo, cuando de pronto el arco de una ballesta salió de la nada, enganchándose al cuello del brakmariano y estirando hacia un lado, derribándolo por la espalda y partiéndole la nuca.
     
    Gray alzó la vista, apoyando la espalda en la pared y deslizándose lentamente hasta el suelo, quedando sentado y con la respiración agitada. Alzó la vista y comprobó que la niña estaba ilesa y que el tabernero solo tenía algunos cortes.

    -¿Se encuentran…bien…?

    -¿Qué diablos ha sido eso?-le reprochó el tabernero, más agradecido que enfadado. Y entonces Gray sonrió.

    -Perdón por el desastre. No me dejaban leer.-dijo, alzando el arma improvisada que había usado para pelear: una cuchara de madera para sopas.

    Fueron ahora ellos quienes sonrieron, liberando la tensión de los últimos minutos de sus vidas.

     

    __________________________________________________




    Gray se incorporó con un quejido, comprobando que le habían fracturado al menos tres costillas, y sonrió para sí. Era un día con suerte.
     
    -Creo que esto le pertenece, señor. –dijo con una forzada sonrisa a través de su mueca de dolor mientras le extendía el brazo al tabernero.


    -Oh, esto…-el hombre enmudeció, contemplando la cuchara de madera.


    Los bordes habían sido afilados y pulidos a la perfección, un trabajo de manufactura imposible de hacer solo con un cuchillo o una lija. Además de eso, apenas estaba manchada de sangre, lo cual era desconcertante se viese como se viese después de la espectacular pelea de hacía unos instantes.
    Gray se limitó a guiñarle un ojo y se incorporó, paseando la vista por el local, que estaba destrozado. Varias mesas rotas, todos los taburetes destrozados y más de una veintena de cuerpos. Miró con detenimiento al tabernero y sonrió.


    -Será mejor que se siente, le he visto un par de heridas feas. Yo haré el resto. –soportando estoicamente el dolor de las costillas empezó a limpiar el garito en lo que el tabernero se sentaba de mala gana en la barra y su hija le atendía los cortes con gesto preocupado y la dulce y cariñosa torpeza propia de su edad.
    Gray cargó uno a uno los cuerpos hasta el exterior, resultando una tarea larga y tediosa, además de dolorosa.


    Fue dejando uno a uno los veintisiete cadáveres en el patio trasero de la taberna, junto al establo. Cuando hubo acabado, dos horas después, echó un vistazo al establo y comprobó que en él se encontraba un carromato brakmariano perteneciente a los soldados cargado de todo tipo de bienes, desde toneles de comida robada hasta varios cofres con oro recaudado en las regiones que habían saqueado, incluido un arcón lleno de ropa cara, saqueada probablemente a algún mercader que cedió ante los férreos “impuestos”.


    Resopló con fatiga y empezó a descargar uno a uno los cofres y cajas del carromato, y cuando llevaba varios minutos se le aproximó el tabernero, con varios vendajes en brazos y cabeza. En silencio empezó a ayudarle, sin preguntar qué tramaba, ambos en un tácito entendimiento silencioso.


     Cuando hubieron acabado Gray se dejó caer sobre un arcón, empapado en sudor y jadeando por el esfuerzo, con una permanente mueca de dolor por el costado herido.


    Alzó la vista y se topó con la mirada seria del tabernero, que era consciente del lamentable estado del desconocido que lo había ayudado.


    -Esto… Es vuestro.-se limitó a decir Gray, concentrado en tranquilizar su respiración, que le proporcionaba un agudo pinchazo de dolor en el costado- Ellos destrozaron la taberna, así que ellos pagarán su reparación.


    Los ojos del hombre llamado Paul casi se salieron de las órbitas, y aquello le arrancó una sonrisa a Gray.


    -En este cofre hay dinero suficiente para pagar su cuenta y las reparaciones de las mesas y los taburetes, con madera de la buena. –dio una palmada en el cofre sobre el que estaba sentado- Y estoy seguro de que esa chimenea puede arreglarse para que deje de llenar de hollín el salón.
     
    Gray miró desde abajo al tabernero, y supo ver cuán conmovido estaba. Se incorporó con un quejido.


    -En ese arcón hay ropa bastante buena, y me ha parecido ver ropa para mujer bastante decente. Sé cómo de difícil puede ser conseguir ropa de calidad para una chica de su edad, así que…-dejó la frase muerta ahí, dando a entender el resto.


    Aún si hubiese querido continuar el dolor le hubiese cortado la frase, y la espontaneidad del acto del tabernero lo dejó sin aire. Fue un abrazo sincero, agradecido y silencioso. Gray, todavía algo sorprendido, le dio unas palmadas en la espalda y logró separarse de él.
    -Espero que me disculpes si me voy a dormir ya. –sonrió- Ha sido un día largo, y la pequeña que vino conmigo está durmiendo arriba, me preocupa que haya oído el ruido y se haya asustado.


    Intercambiaron unas pocas palabras más y Gray dejó al tabernero con sus pensamientos, entrando en la taberna en silencio. La chica se encontraba en el interior, todavía recogiendo los destrozos, y Gray se dirigió a las escaleras sin mediar palabra. Cuando ya llevaba tres escalones la voz de la pequeña Roselin lo hizo detenerse y girarse levemente, enfocándola a través de las redondas gafas.

    -Yo…Gracias. De verdad. –pronunció las palabras lentamente, y Gray casi pudo sentir cómo aquellas palabras salían de sus labios con cuidado, como una hermosa ave que encuentra la puerta de la jaula  abierta y se posa en el alféizar, contemplando el exterior con cautela y fragilidad por primera vez.

    Ante semejante visión, Gray no pudo sino sonreír.

    -Tienes un buen padre. Cuidaos mutuamente y todo irá bien. –con una sonrisa Gray le dio la espalda, subiendo por los gimientes escalones del edificio hasta llegar a su habitación, donde entró.
     
    Cuando cerró la puerta tras él se derrumbó. Cerró los ojos con fuerza y se palpó el costado, sintiendo cómo su fractura había empeorado. Escuchó pasos descalzos por el suelo de madera y a alguien arrodillarse precipitadamente frente a él.
     
    -¡¿Estás bien?! ¿¿Te han herido?? –la voz era de una chica, posiblemente de la edad de la misma Roselin.

    -Estoy…bien. He estado peor. –sonrió, convirtiendo su mueca de dolor en una forzada carcajada- De hecho recuerdo que no hace mucho me decapitaron…

    Ella lo examinó por todas partes con unas manos diminutas y delicadas, sorprendentemente frías al tacto. Le palpó la sien, la frente y la nuca, luego las articulaciones de los brazos y finalmente se detuvo en las costillas.

    -Por la luna roja, Gray… Esto es…


    -Está bien, solo necesito descansar un poco. Unas horas de sueño…-hizo ademán de levantarse pero no pudo. Ella lo sujetó por los hombros y le desabrochó la camisa para examinarle el costillar con más detenimiento, y él no encontró fuerzas para resistirse.

    -¿¿Qué ha pasado ahí fuera, Gray??-preguntó preocupada, tomándolo por la barbilla y obligándolo a mirarla.

    Gray se forzó a contemplarla, allí, a la luz de la luna que se colaba por la ventana. La chica era hermosa, y no solo por sus delicadas facciones o su lacio y oscuro cabello, que caía como una cascada oscura por sus hombros. No importaba que pese a la oscuridad él pudiese percibir un tercer ojo en su frente, oculto por el flequillo, observándolo con preocupación.

    No era solo belleza física, era simplemente… el sentimiento que ella transmitía. Era un aura invisible, una atracción mística e inexplicable, ella era la luna y los hombres las mareas, incapaces de agitarse en cuanto ella hacía acto de presencia.
    Tal vez se debiera al hecho de que ella no era de aquel mundo. Tal vez se debiera a que ella no fuese humana. Tal vez era, simplemente, como la luz que atrae a las luciérnagas. Era su encanto como criatura demoníaca, y era la debilidad de todo hombre vivo y cuerdo.

    Sin embargo él hacía tiempo que había dejado de considerarse un hombre vivo, y para él la cordura era un recuerdo lejano, un eco en su oscuro pasado.

    -Nada, una pelea de bar. Tres contra treinta. Podría haber sido mucho peor, pero el tabernero y su hija hicieron un buen trabajo.-sonrió con cansancio.

    -¡¿Por qué no me has avisado?! ¡Podría haber ido a socorrerte!


    -¿Y entonces qué, eh? ¿Avisar a todo bontariano y brakmariano en kilómetros a la redonda de que el hombre que llama al viento y oscurece el día ha regresado y está tomándose una pinta en un bar delante de sus narices? Estoy bien así.

    -Pero…


    -Escucha, Awa. Usé algo de magia para convertir una maldita cuchara en una espada invisible de aire y me las apañé para que pareciera que derribaba uno a uno a esos tipos con una jodida cuchara sopera de madera. Como mucho quedará como anécdota de taberna, un rumor sobre un tipo anónimo que nadie creerá dentro de dos semanas, y que en un mes habrá sido olvidado.-lo dijo más alto y con más mal humor del que pretendía, y la expresión sorprendida y arrepentida de la chica lo dejó de piedra- …perdona, Awa. No quería ser tan…

    -Está bien. –la sonrisa de la chica se sintió como una llama en un frío día de invierno, y él se serenó- Sé que el dolor te pone de mal humor.

    Gray cerró los ojos y sintió la fría y suave caricia de la chica en su mejilla, y pasaron varios minutos en silencio. Finalmente ella lo ayudó a tumbarse en la cama y a cambiarse, y finalmente se durmieron juntos, siempre en un cómodo silencio. Ninguno necesitaba romperlo para expresarse y ambos disfrutaban de la quietud que los rodeaba.

      Fecha y hora actual: Sáb 16 Dic 2017, 7:43 pm