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Información.

Año: 640
Mes:
Augusto
Época:
Primavera.

~General~
Paz General. La última crisis, causada por Servant el Demonio, fué resuelta gracias al valor de esos ebrios en los que nadie creyó cuando partieron de Amakna.

~Astrub~
El acceso vuelve a estar disponible para la ciudad, y a toda persona que entre se le regala una buena cerveza, cortesía del buen Tek.
Estado actual: Reconstrucción calmada de los daños recibidos en la ciudad. Los habitantes canturrean alegremente y se ponen al día con los sucesos.

~Amakna~
Paz general.
Estado Actual: Los tiempos de cosecha se acercan por los pastizales, y a buena hora, pues las personas ansían comer un tazón de avena sin temer que un Demonio lunático les robe el Alma.

~Bonta~
Paz general. Las obras han acabado y Bonta vuelve a estar totalmente operativa.
Estado Actual: Los ciudadanos ya caminan calmadamente sus calles, y el comercio se reanuda con gran fuerza. La temporada de Jalabol comienza y los equipos se preparan para los torneos.

~Brakmar~
Reparaciones, todo habitante con brazos y piernas ilesas debe colaborar con la reconstrucción de Brakmar. Quién se niegue recibe un latigazo y un envío a los calabozos, que han quedado intactos.
Estado Actual: Las personas regresan a la ciudad tras haber sido evacuadas. Muchos admiran la hermosa decoración que el Demonio dejó en el centro. Se oye gritar al líder de las tropas Brakmarianos todos los días, sin alegría alguna.

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    [Solitario] Las Guitarras de los Ángeles

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    Evix
    Ocra - Rango 1 - Tirador

    Mensajes : 42
    Fecha de inscripción : 03/07/2012
    Edad : 21

    Ficha
    Raza: Ocra
    Primera habilidad: Tenebris Latus*
    Segunda habilidad: Machinam Vibrationum

    [Solitario] Las Guitarras de los Ángeles

    Mensaje por Evix el Sáb 04 Mayo 2013, 9:08 pm

    'EL BESO BAJO LA OSCURIDAD'
    Autor: Evix


    Sinópsis:
    "El descubrimiento de la verdad nunca puso el precio de la sangre a tan alto precio"

    Información importante:
    "Las Guitarras de los Ángeles" es una saga de mini libros role play en solitario del personaje Evix. El primero es El Beso bajo la Oscuridad.
    En este solitario hay algunas escenas de violencia y sexo, aunque no son explícitas.


    1

    <-Te lo advertí, durante mucho tiempo -me decía una figura tras mi cadáver, con la voz quebrada-, pero no me hiciste caso.

    Como el ocaso hiriente en llamas, el sol conoció el agua, y mi sangre cayó a su lecho, tornándose rosa y azúcar. Mi piel se erizó en escama hasta helarse en figuras infinitas. Mi cuerpo, mustio, crió su propia lápida de ponzoña, de miedo y de recuerdos. El cuero cubría mi espalda, y la lluvia percutía sobre ella formando mi marcha funeraria.

    El partícipe de la escena, el arma en vilo y el proyectil asesino, desapareció sin dejar rastro físico. Sin embargo, hallado fantasma y halo, pude ver como ella huía entre las casas hundidas en la marisma, resbalando entre las saladas crestas de tierra que se corrían por el aguacero.
    Decidí seguirla desde el aire, sin reparar en que fui plasma invisible por primera vez y ni dos veces me paré a impresionarme de tal proeza. Nunca creí en la segunda vida, ni que mi Ocra me elevaría hasta el cielo sobre el firmamento para postrarme una landa de harem a mi medida, con su paraíso fluido y onírico.
    Corté las brisas y descendí lo que quedaba de mi materia, casi desnuda, a través del bosque. La vi huir, llorando lágrimas de sal roja, la que caía de mi cuerpo hacia los mismos cimientos de Madrestram. En mi cerebro, también fantasmal, no cupo el por qué, el motivo o la praxis de mi muerte. Asesinado por mi propia hermana, en la orilla del desierto oscuro; no pude creerlo. No obstante, solo albergué aspereza; no había espacio para la venganza en tales circunstancias.
    Atravesó una zona más elevada de troncos, y se perdió entre las hojas, para atravesar una estrecha madriguera roída en el suelo con maña, entre raídas raíces de un reflejo arcaico de lo que antes fue un bosque más brillante y menos tétrico.
    Dispuesto a retar todo misterio, crucé la madriguera como nube de humo y seguí su rastro desesperado entre la tierra desprendida. No parecía tan nerviosa cuando me convenció en ir al puerto, gritando y zarandeándome. "La he visto, que te lo juro, que estaba allí nadando en el agua como una ninfa". Le creí como un iluso cree a su sangre, y de muerte me hirió en el lugar señalado, pero ni me convertí en ninfa, ni pude ser nada parecido que justificase su relato, porque Nalidissa no estaba allí, ni su aroma, ni la humedad de sus cabellos, siempre acuosos.
    Bajé por la madriguera expectante por lo que mi hermana hacía. Bajo hasta el final del tapón, y acabó en lo que parecía una pequeña organización bajo tierra.
    Mi hermano estaba allí, sentado en una larga mesa de madera que Ocra sabe quién la llevó hasta allí y que conjuro utilizó para transportarla. Las velas brillaban enceradas bajo la cúpula; me pregunté de qué oxígeno se nutría tan angustiosa caverna.
    Me coloqué tras mi hermana, jadeante en el suelo, medio llorando medio riendo, con mi hermano mirándola con la frialdad de un hierro:
    -Nada de lloros, Leela -acometió Zackalay, mi hermano, digno de mención por pedir menos llanto por mi muerte-, lo hecho se ha hecho. ¿O no?
    Y ella, servil, acometió con la cabeza para responder que el plan que seguramente él habría diseñado se había cumplido.
    Él bajó su cabeza, quizá rezando media oración por mi carne (aunque yo no noté especial), y después se enderezó para levantarse:
    -Listos para el siguiente paso, hermana. Evix ya está muerto, ahora solo nos quedan los otros dos. El siguiente paso es ir a la Caverna de los Malditos.
    -Lo sé -replicó ella-, pero es que Evix ha muerto -observó ella con aparente dolor-, y he sido yo quien ha dado callo de verdugo. -Pero se trataba de asco.
    Posé mis volátiles extremidades en el aire, burbujeante, mientras vi meditar a mi hermano. Revolvió una espada que tenía entre los dedos. La movió más. No era una espada, era un puñal.
    -Relájate -le dijo a mi hermana-. Seguro que Ev quería esto. Además, él nunca se enterará.
    -Ni podrá hacernos nada -puntualizó ella rasgando media sonrisa.
    Pero para entonces era tarde:
    -No estoy tan seguro yo de eso -dije en voz alta, esperando que fuera mi voz tan invisible como mi cuerpo, pero asustó a mis hermanos, que se giraron mirando a todas direcciones, con el corazón hirviendo, y la piel en guardia.

    La venganza había comenzado.>>


    2

    Me miraron, pero no me vieron. Reí en mis adentros con garra tremenda mientras el sudor nadaba por la frente de mi hermana que rompía a llorar metafóricamente disfrutando de su propio miedo:
    -Está vivo -se apresuró a asegurar mi hermano con voz bronca-, inepta.
    Ella se giró hacia él con la mirada perdida:
    -¿Dónde está? -dijo con un hilo de voz, temblando su labio al ritmo de su corazón. Las ojeras de los días anteriores me descubrieron sus noches azorada en sus pensamientos mientras urdía cómo construir mi tumba marina.- Le he dejado muerto en el agua, sangrando corriente adentro.
    Él se limitó a mirar el aire, oscuro de tierra, y yo pasé por encima de sus cabezas como una corriente de hielo, que sonreía pero no decía palabra.
    -Naveguemos hacia adelante -dijo mi hermano apretando los puños-. Como si se quiere enfrentar el mismo mundo contra nosotros desde el más allá. No pararemos de brillar bajo la noche.
    -Tenemos la luz, la verdad -dijo cerrando los ojos mi hermana, pensativa y más tranquila, calmada como la leche caliente que entra en canal de la madre consoladora.


    El castillo era una ruina absurda. Los escombros caían grises entre polvos de cochambre, recordando la Batalla de los Vientos, librada años atrás. En ese manjar de clasicismo yo me crié tres años en los que ya era zagal, sirviendo a la Corte del marqués Deligrant, que bien se portó rescatándome de la calle como quien levanta las hojas del otoño. Me dio familia y amparo; sucio yo era y me incluyó a su núcleo, aunque desde la base, amarrado siempre a mi castigo de siervo que de buenas acepté. Por las mañanas me levantaba a las cuatro, limpiaba el cuarto y daba la vuelta a las alfombras. Hacía brillar lo imposible escondiendo la mugre cambiando las velas de sitio. Preparaba la comida, aunque no sabía, pero me ayudaba Erniss, una ama de casa como un rosal enternecido que acoge en sus ramas al novato. Me crió como entre su cocina como un hijo horneado como un pequeño mendrugo de la mayor calidad. Me enseñó los modales, las formas y los sentimientos (que desconocía) y le di buen trato al don Deligrant. Él fue bueno conmigo, no me hacía daño ni me pegaba. A pesar de lo grande que yo había sido antes de todo eso, al menos no era el calabozo el que pisaba sino la base de toda casona.
    Derruido entre vidrieras color carmín se desteñían mis recuerdos, viendo como mis hermanos correteaban entre las piedras, ella más temerosa que él, que nunca tuvo alma ni cabeza.
    Les vi acercarse a la ruina más a la intemperie. Quería llover. Ella levantó la placa, la armadura que colgaba entre poco óxido como quien descubre el cofre de Deligrant.
    Deligrant no tenía solo uno, sino varios, y los escondía en la casa por pura frivolidad. "Lo ha leído en los libros", me decía Erniss a media voz cada vez que le veía ojear mapas de pergaminos oscurecidos por el tiempo. "Se cree que es un personaje de novela".
    -Lo sabía. -Mi hermano levantó la placa con la ayuda de mi hermana, ya que la pieza pesaba, y para mi sorpresa, hallaron un cofre abierto, por predecible que resultase en mi mente.
    Bajé las mantas de plasma que era mi cuerpo hasta ellos, acercándome lo máximo posible; ya habían olvidado esa sensación diabla de que les seguía desde la muerte.
    Mi hermano sacó un pequeño puñal de la caja, inscrito en éste letras largas y afiladas que nunca supe leer, aunque ya las había visto. Eran de Deligrant, y de eso no cabía duda.
    Deligrant murió poco antes de marcharme yo, cuando Erniss llegó al número cincuenta y dos, y el marqués no se pensó dos veces en invitarla a la misma mesa en la que él devoraba con cuencas de ópalo envejecido todos los días. Erniss se arregló la cofia y se dirigió al salón, muy dispuesta a comer el plato que ella había preparado, pero que nunca podía probar. Fue a sentarse a la mesa, y yo la miraba desde la puerta, pues no estaba agraciado a tal evento. Erniss, y su piel de canela, se sintieron felices. Sonrió como una mujer exótica descubriendo el camino de vuelta a su propio exotismo. Arañó el mantel curiosa, mientras se contentaba con mirar su plato humeante, que yo había llevado, expectante eso sí a que fuera el marqués quien diera primer contacto con la comida. El marqués no se movía. Sus manos, plácidas, caían sobre sus piernas, y sus ojos me miraban, sin moverse apenas. Erniss bajó la mirada y desgració su sonrisa, mandándome señales con los ojos, de total angustia imperecedera. Una lágrima cayó de sus ojos mientras se levantaba de la mesa para acercarse a su amo. No me inmuté. Le había matado yo.
    -No puedo creer que lo hayas encontrado. -Mi hermana miró a mi hermano de manera lasciva y yo me asusté. ¿Qué fue eso? Ese pasar de ojos oscuro y sensual que acarició el pecho varonil de éste, que le devolvió la fogosidad en un ligero centelleo.
    -Lo hemos conseguido. Tenemos la prueba -dijo él, respondiendo las llamas de sus iris con un suspiro cálido y seco.
    Siempre se dijo en el lugar donde yo vivía, antes de todo lo que sucedió en el hogar de Deligrant, que mis hermanos no eran hermanos. Se decía que mi hermano no era realmente mi carne, sino que fue un adoptado de costas de tráfico y contrabando de las islas, aunque nunca lo creí ni lo hablé delante de mis padres. Siempre se dijo además que se apagaban las llamas del sexo de tanto en tanto, aunque esos rumores sí me importaban. Quizá fuera verdad después de todo.
    -La venganza de los Seelinegän será interrumpida -dijo ella dándose la vuelta y mirando las nubes; me andaba buscando, empeñada en que estaba allí, y no se equivocaba.


    3

    -Judas -dije en voz alta.
    No podían negar la fiebre. Trataron de no hallarme entre las nubes, pero sabían que yo lo sabía. Sabían que yo era consciente de que habían aceptado aquel choque de realismo.

    -Estamos preparados, Morticia, querida -una mujer de largos y rubios cabellos se colgaba como una araña de cuero del techo, amarrada por una trenzas de satén negro. El nudo se acercaba a sus ingles.
    Morticia, agarrando el traje que antes cubría las vergüenzas de su ama, se mordía el labio pensativa. Levantó el zapato de la obediencia:
    -No creo, señora -masculló-. Es una locura. No necesita hacer esto.
    El hada postrada senos punto de nieve se irguió agarrando con sus talones la trenza que colgaba desde lo alto y la mantenía a ocho palmos del suelo. La miró con sus ojos negros, desafiantes, expresivos como una onda sísmica enardecida en el fuego por culpa de las cejas, que estaban maquilladas en un tenue blanco que las hacía inexistentes:
    -Cállate, puta -respondió la ama reorganizando su estructura de huesos de cañón en la mansalva oscura. La vidriera transparente la amparaba tras ella, con el mar chocando embravecido en la corta estancia del gris de atardecer.
    Morticia hizo temblar sus labios. Dio vuelta sobre sus tobillos y bajó las escaleras.
    -Escóndete, puta -repitió a voces su ama para que la oyera desde la altura de la que presumía como gárgola y fémina-. Estamos listos para recibirles. No van a parar a Crisálida tan fácilmente.


    Mis hermanos descendieron en una bola de fuego carnal. Se habían refugiado en una cabaña, a once o doce minutos de las ruinas. Había comenzado a llover como chispas de circonio y se habían hospedado allí. Estaba algo abandonada, pero seguramente vivía alguien. Tenía camas, alguna vela encendida, ropa tirada, y olor a sudor; vivía alguien. Pero habría salido a cazar, o a perderse en el bosque. Ellos no pensaron sin embargo en las posibilidades y se sumieron en las sombras de sus corvas, que las buscaban con el aliento.
    Confirmada la relación de pareja, me planteé pensar quien de los dos no era verdaderamente mi hermano. Tuve en cuenta que ellos ya sabían que estaba allí, así que ignoré los gemidos como quien oye llover. Llovía.


    A la noche se reunieron con otros cuatro en el bosque. Hicieron una fogata de llamas oscuras; el bosque era más sombrío que la propia tiniebla. Mis hermanos no mediaron sola palabra; hablaron con gestos, se tocaron la cara, enseñaron el puñal y miraron con fijeza a los ojos de los visitantes. Dos mozas y un varón. Los muy cabrones ya lo sabían. ¿Sabrían más que yo sabía de mí mismo en aquel momento? Por encima de las llamas, el puñal pasó de manos. El varón forastero se acercó a mi hermana y la besó en sendas mejillas. Ella roció una lágrima y mi hermana puso esa mirada de victoria. Fuera de todo dadaísmo, adiviné sus intenciones. No querían perturbarme. Era un trato. Seguramente ella estuviera de muerte asegurada y el precio era aquel raro enser. Mi muerte no significa nada, salvo que yo había estado con Deligrant, pero eso ellos nunca lo supieron.
    -Por la memoria de mi padre -dijo una de las chicas que habían llegado.
    -Por Evix -dijo el varón, alzando su mano sobre el fuego. Entrelazaron sus dedos y observé la escena pensativo. Apoyé la mano con filosofía bajo mi barbilla pero la atravesé-, que ya me enteré de su muerte.
    Mi hermana miró a su apuesto, que ya había deducido en mis maneras que definitivamente sería él quien era sangre externa; yo no tenía su pelo moreno liso y húmedo, ni sus ojos canela. Era un detalle obvio, pero nunca lo había visto tan evidente como entonces.
    -Porque Evix está muerto -afirmó el varón extraño levantando las cejas-, ¿no? Se ha oído por todos lados.
    -¿Y ese gilipollas que coño pinta en boca de la gente? -dijo el amante de mi hermana, mirando las llamas, contemplativo-. Era un necio, todos lo sabéis.
    -Oh, no -chilló repentinamente una de las mozas, de cabellos rosas y dulces-. Eso no... no lo sabía...
    El varón que la acompañaba se volvió hacia ella:
    -Que no sabías... ¿qué? -preguntó impaciente.
    La niña abrió sus ojos queriendo revelar una lengua enredada que tenía agarrada a sus dientes desde hacía bien rato; no había levantado la mirada del suelo en mucho, tan solo había lanzado agudas miradas al viento, y en todas me había encontrado de lleno, aunque ella no pudo saberlo.
    Se rascó el labio, pensativa, mientras trataba de engullir las palabras para regurgitarlas de la mejor manera:
    -Evix era el único que conocía como entrar a la Caverna de los Malditos. Ya sé que mi misión era averiguar sus secretos seduciéndole pero... resultó imposible hacer que prendiera nada yo en él.
    Mi hermano abrió los ojos como un águila a punto de morir.

    4

    Si tuviera que sincerarme conmigo mismo, yo no soy ningún puritano. La casta no me viene al blanco, no soy ningún siervo de carne de ángel y espuma. El diablo me ha conocido en forma de varón más de una vez, y no resisto la tentación, que supera todo lo demás.
    Nací una tarde fría en las brumas de una ciudad sumida en el nombre de Sufokia. Mi madre lloró lágrimas de cebolla en mi parto, y del río formado me inundé de pena. A su muerte, y a la huida de mi padre, me quedé postrado ante las luces del destino que me recogían como el niño que muere a la mañana esperando el sueño cumplido, que en mi caso estaba muerto como la estaca que descansa sobre la vieja presa.
    Nací sin hermanos, sin hermanos me quedé. Mi madre fue llevada a conocer al Santo Dios colina arriba, con las cruces sembradas y sus vecinos, donde la noche es eterna bajo la sombra de un manto de ciprés. Bebé era y bebé me quedé por siempre, así lo pienso y así me sentí los primeros años que conviví con el ejército de monjas que me acogió en su lecho de dinastía. Estrictas, en lo típico, de una religión extraña; nunca supe si adoraban a algún Dios, o lo carnal les venía de inspiración disimulada, porque yo les oía rezar y nunca una palabra que sonara entendible llegaba hasta mí. Nunca conocí a quien quise amar, solo dije palabra y media por quien podía tolerar y a quien me estaba lícito dirigirme.
    Siempre pienso que soy ese sonido que oyes cuando el Sol se rompe con la corteza de agua a lo lejos. O cuando está, y la sientes bajo la piel, aunque las nubes son tan espesas que inundé a la gran esfera en su paño de lágrimas.
    Soy el ave que vuela sola y libre en libertad, de mis adentros y hacia fuera, sin rumbo y sin determinación. Nunca pude pensar en mi verdad, así que jamás me planteé escribir mi camino, por miedo a cometer una equivocación. Ya que la vida había sido idiota conmigo, un tanto fúnebre, deje que fuera ella la única responsable de lo que me pasase.
    Esta historia la he contado muchas veces, pero nunca me han oído. Ni me oirán.
    Un dulce agosto sufrió del rojo del cielo. Aparecieron mis dos hermanos, que sí tuve. Apareció mi madre, que sí estaba. Y mi padre, fantasma, ocupaba su asiento aunque no estuviera. Mi familia adoptiva me descubrió entre los brazos del olimpo más triste y femenino de la historia. Descubrí como el rumbo de mi madre dejó sangre repartida por el mundo, que me había venido a buscar a la llamada del cuervo sobre ella al abandonar el abismo que separa ese más allá del más acá.
    Mi hermana me mató contra el mar, y yo solo buscaba a mi prometida. Nada de amor, ni nada de promesas en realidad; buscaba a mi ninfa de agua y burbuja, que se revolvía en lazos de tierra y manto, como un ser transformado del alba de la oscuridad. La poesía nunca me acompañó hasta que el miedo me enseñó a camuflar mis sentimientos en una dulce envoltura de pétalos de rosa.
    Y me acuerdo de las palabras de esa pequeña diosa que me engañó y que me hizo buscarla a través casi del tiempo. Esas palabras que estaban cargadas de mentira pero tuvieron tanto dolor que me llegaron hasta destrozarme por dentro. Esas palabras que a ti te cuento, que no vas a entender, y que no quiero que todavía entiendas. Pero que como promesa, te digo que algún día las entenderás:
    <Que pierdo el tiempo en esperar,
    Las esperanzas se me agotan ya.
    Y mi coraje muerto está>>.
    Y ahí se apagó el amor.


    5


    Una vez separado el grupo, tomé la decisión de cambiar de rumbo. Mis dos hermanos volvieron por el camino andado, y yo seguí a la otra extraña pareja. La chica había revelado la información vital: ella era la encargada de seducirme en vida, pero sabían de mi poco gusto por las personas como ella, muerto, y no lo consiguió. Y, efectivamente, yo era y soy quien sabe la entrada a tal caverna.
    La Caverna de los Malditos es una gruta semisubmarina a pie de agua salada que se retuerce por debajo de una zona hueca en los riscos de un acantilado. Es de difícil acceso. Dentro de la caverna, ésta se envuelve en enormes pasadizos de roca húmeda que descienden en diferentes direcciones, formando más grutas, todas sumidas en la oscuridad. Es fácil resbalarse y morir, sobre todo porque la gran parte del suelo a pisar no es más que agua fría y arremolinada, que de caerte en ella te arrastraría hasta el final de cualquiera de las cascadas interiores, con las que acabarías precipitado sin problemas en la gran sala final, planeando sobre ésta bajando por una limpia columna de agua de gran altura, pero que no desemboca en lago o laguna, sino en un enorme canchal de piedras entrelazadas con afilados cantos entre los sedimentos, que te propiciarían un final agudo.
    Tanto revuelo por la caverna había sido cosa mía, cuando advertí de ésta en uno de mis viajes de pesca a la costa oeste. No iba a pescar, sino a reunirme con mi ninfa, mi musa, pero últimamente ésta no aparecía. Un día me había dicho que volvería tras un tiempo, que necesitaba cumplir una misión que a me incumbía a mí también, pero ni preguntar quise, ni tiempo me dio. La caverna la hallé esa misma penumbra que ella se fue como un pétalo al viento, grácil y espumosa como una nube. La encontré queriendo volver y no pudiendo, y me vi agarrado en su interior. Allí dentro el frío era sumo protagonista, y un anfitrión caprichoso. Me agarré a las piedras, como un pavo, y por poco me ahogo en aquel manto de cristal afilado y helado. Me agarré a mi astucia y habilidad y bajé por una de las grutas, y escarpando las paredes, avancé con cuidado. Aquella por la que bajé desembocaba en un gran agujero situado a gran altura del suelo de una enorme sala abrupta que se había descubierto ante mí. Si me asomaba al final de aquella tubería natural en la que estaba, veía el final plano y extraño sin salientes ni pendientes que me permitieran bajar con cuidado. Miraba hacia arriba, y el techo de la misma sala era también inabarcable en cierto modo. Podía ver gracias a una tenue luz, que llegaría desde algún lugar, pero la cual no veía, pero si hacía brillar cándidamente y de una forma suave la estancia.
    Fue entonces cuando unos dedos muy calientes me tocaron la cintura:
    -No todos llegan hasta aquí.
    En una voz suave y susurrante, un desconocido figurante me había sorprendido por la retaguardia. Me giré aterrorizado, y le vi la cara, afilada y perfecta, de varón triste. Sus ojeras eran negras como el tizón y sus ojos eran del color del yeso. Estaba desnudo, cubierto por una piel de animal que no reconocí. Su pelo era negro y liso, mojado pero limpio, y caía sobre los lados de su cara como un lloro oscuro.
    -Perdón -dije en voz muy baja-, no quería estar aquí. Me he metido por error.
    Se me quedó mirando con extrañeza, sin dejar de agarrarme con sus dedos sobre mi cintura, que hervían por algún motivo.
    -¿Por qué te vas? -sollozó en un entrecortado susurro- Libérame. Por favor. -Me dijo aquello de una forma tan tierna. Parecía morirse de hambre, pero de alma. No era más que un garabato, un simple maniquí. Como si todo órgano y espíritu le hubiera sido arrebatado, o lo hubiera perdido, y lo único que le quedara era esa piel mortecina y blanca, y sus ojos brillantes y dulces, tan apagados como despiertos, que encuadraban su rostro que en el pasado debió de ser agraciado, consumido hasta los huesos.
    -Claro que te ayudaré -dije lo más despacio que pude. Su aspecto me asustaba, y era yo quien estaba de espaldas a un precipicio oscuro. Tenerle delante me acongojaba, y yo trataba de expresar tanta ayuda como él, y deseo de ayudarle a lo sumo- Te ayudaré en todo lo que necesites. ¿Qué necesitas? -dije con delicadeza.
    -Libérame -se agarró a mis brazos y aguanté el dolor absurdo, como si sus falanges fueran pedazos de metal al rojo- Libérame de mi castigo, y te diré cómo llegar al corazón de la Caverna de los Malditos. Está al final de ésta -relató entre hipidos.
    -Ya, pero no me hace falta, de verdad... Solo quiero ayudarte...
    -Irás -acalló chillando.

    Spoiler:


    Última edición por Evix el Lun 06 Mayo 2013, 3:49 pm, editado 2 veces

      Fecha y hora actual: Sáb 25 Feb 2017, 1:29 am